07 junio 2026

La noche de Berkana y los Seminuevos en la sala Rockville

 


Anoche, en la sala RockVille de Madrid, nadie salió indiferente. Desde que Paco Madrid subió al escenario para presentar lo que estaba a punto de suceder, el corazón del público comenzó a latir a un ritmo diferente. Había expectación, ganas y esa sensación tan difícil de explicar que aparece cuando sabes que estás a punto de vivir algo especial. Y lo cierto es que la noche no tardó en confirmar todas las expectativas.

Porque hay conciertos que entretienen y luego están esos otros que consiguen que durante unas horas te olvides del reloj, de los problemas y de todo lo que queda fuera de la sala. Anoche fue una de esas noches. Una de esas en las que la música no solo se escucha, sino que se vive, se comparte y se siente en cada rincón del cuerpo. Desde el primer acorde quedó claro que allí no había simples espectadores: había una familia unida por la pasión por el rock y por las ganas de disfrutar de cada canción como si fuera la última.

Dentro se estaba viviendo uno de esos conciertos que te recuerdan por qué la música sigue siendo capaz de unir a personas que, en muchos casos, ni siquiera se conocían unas horas antes.

Y sí, sentimos mucho lo de Su Santidad, pero los que estábamos allí éramos exactamente los


que teníamos que estar: esa familia que no comparte sangre, pero sí algo igual de poderoso, el amor por la buena música.

El público lo dio todo, pero Berkana y los Seminuevos no se quedaron atrás. Desde el primer acorde quedó claro que aquello iba a ser una noche especial.

Cuando la música empezó a sonar, todo se convirtió en un único latido. Ellos sobre el escenario, entregados a sus instrumentos y a esa voz que tiene la extraña capacidad de atraparte desde la primera nota. Nosotros abajo, respondiendo con gritos, aplausos, sonrisas y esa energía que solo se genera cuando artista y público hablan el mismo idioma.


Fue un espectáculo de esos que ponen la piel de gallina.

Como siempre, volvieron a coronarse.

Las miradas cómplices entre los músicos, el carisma natural de Berkana y esa forma tan cercana de entregarse a quienes la escuchan hicieron que la conexión con el público fuera absoluta. Durante unas horas, todos formamos parte de algo mucho más grande que un simple concierto.

Y entonces llegó la sorpresa.

La sorpresa apareció con "Las chicas son guerreras".

Shelly subió al escenario.

Para quien no la conozca, Shelly —nombre artístico de Concepción Gutiérrez— está considerada la primera mujer en cantar y grabar heavy metal en España. Pionera también en el soul durante los años sesenta y líder de la banda Malena y Belcebú en los ochenta, abrió caminos cuando hacerlo no era precisamente fácil. Su nombre forma parte de la historia del rock en castellano.



Confiesamos que hasta anoche apenas sabíamos quién era. Hoy, después de buscar información sobre ella y descubrir su trayectoria, solo puedo decir una cosa: me declaro fan absoluta de esta mujer.

Y sin entrar en más detalles, os diré algo.

Si anoche os perdisteis este concierto, os habéis perdido una de esas imágenes que merecen quedarse grabadas para siempre: dos mujeres extraordinarias compartiendo escenario y cantando rock juntas, demostrando que el talento, la actitud y la pasión no entienden de edades.

Desde aquí, toda mi admiración a Berkana y los Seminuevos por regalarnos otra noche de
musicote del bueno. Del que se escucha con los oídos, se siente en la piel y se guarda para siempre en la memoria.

06 junio 2026

Concierto Nurcry en la sala Cue, Aranjuez

Anoche, en Aranjuez, en la sala Cue, ocurrió algo que por desgracia no pasa todos los días. De esas noches que empiezan con ganas de pasarlo bien y terminan convirtiéndose en un recuerdo que sabes que te acompañará durante mucho tiempo.

Hay conciertos que se escuchan. Hay conciertos que se disfrutan. Y luego están aquellos que se viven con el alma, que te atrapan desde el primer acorde y te hacen olvidar durante unas horas todo lo que ocurre fuera de esas cuatro paredes.

La última parada de Nurcry en Madrid fue exactamente eso: una noche mágica, intensa y emocionante. Una de esas veladas que consiguen ponerte los pelos de punta una y otra vez, mientras miras el reloj solo para descubrir que el tiempo ha decidido correr más deprisa de lo normal.

Desde el primer minuto quedó claro que aquello no iba a ser un concierto cualquiera. Había energía, complicidad y una conexión especial entre la banda y el público. Una de esas conexiones imposibles de fingir. De las que nacen cuando quienes están sobre el escenario disfrutan tanto como quienes están frente a él.

Y es que lo de Nurcry va mucho más allá de tocar canciones. Lo suyo es transmitir. Es convertir cada tema en una historia compartida. Es lograr que una sala entera cante, salte, sonría y sienta como si formara parte de algo mucho más grande que un simple concierto.

Mención aparte para ese salero inagotable de Jas a la batería, capaz de contagiar energía con cada golpe. Para el ya mítico bailecito de Kike, que arrancó sonrisas cómplices entre el público. Para Sergio y Manu, cuya alegría parece infinita y cuya pasión por la música se refleja en cada gesto. Y para Juanjo, que completó una noche en la que la química entre los miembros de la banda resultó tan evidente como contagiosa.

Lo más injusto de las grandes noches es que siempre terminan demasiado pronto.

Da igual que hayan pasado dos horas. Da igual la duración real del concierto. Cuando algo te hace feliz de verdad, el tiempo se vuelve un ladrón silencioso. Y eso fue exactamente lo que ocurrió anoche. Entre canciones, aplausos, risas y momentos para el recuerdo, las horas desaparecieron sin pedir permiso, dejando esa sensación inevitable de querer una canción más, un bis más, diez minutos más.

Porque cuando estás disfrutando de verdad, nunca es suficiente.


Anoche no hubo preocupaciones. No hubo relojes. No hubo rutina. Solo música, emociones y un grupo de personas compartiendo algo que difícilmente puede explicarse a quien no estuvo allí.

Y quizá esa sea la verdadera grandeza de una banda. No la técnica, no los focos, no los escenarios. La verdadera grandeza está en conseguir que quienes te escuchan olviden durante un rato todo lo demás y salgan del concierto siendo un poco más felices de lo que entraron.

Anoche Nurcry volvió a conseguirlo.


Y cuando una banda logra que su público sienta cada palabra, grite cada estribillo, levante los puños al cielo y termine con una sonrisa imposible de borrar, solo queda decir una cosa:

Qué grandes sois, cabrones.